El eterno debate sobre la validez de las encuestas


Los que nos hemos acostumbrado a vivir en democracia sabemos que con cada ciclo electoral se repiten discursos, mítines, declaraciones destempladas, y acusaciones por parte de los candidatos. Por otro lado, las autoridades electorales dictan reglamentos, cronogramas, hacen un llamado a los actores políticos a la moderación y extienden una invitación a los organismos internacionales a que sean testigos del normal transcurrir de “otra fiesta democrática”.  Los medios de comunicación, cumplen también con su rutina, entrevistan candidatos, consultan expertos, se muestran favorables a alguna tendencia, etc.

Acompañando este “Macondiano” repetir de la historia, las encuestas entran en escena. Por lo general, los partidarios de los candidatos menos favorecidos tienden a desmerecerlas y acuden a la descalificación del encuestador como salida al problema político que enfrentan. En ocasiones buscan empresas de dudosa procedencia para que muestren resultados a su favor e iniciar así una guerra de encuestas.

Dada la importancia que tienen en el monitoreo de las preferencias del electorado, es importante hacer un paréntesis para enfatizar que si bien algunas encuestadoras se prestan como herramienta política, alrededor del mundo abundan las empresas que a través del tiempo y del buen ejercer de sus funciones han demostrado ser fiables.

Como empresa de negocios, las encuestadoras velan por la continua valoración de sus activos. En este caso el principal activo de una compañía de estudios de opinión es su prestigio. Este peculiar activo intangible se incrementa generando valor a los clientes por un tiempo prolongado. El valor de marca no se compra fácilmente. Resulta poco creíble que una empresa seria deseche años de trabajo por una candidatura derrotada, especialmente cuando a los pocos años se cumplirá otro ciclo electoral y nuevas posibilidades de negocio florecerán.

Dicho esto, es importante destacar que bajo ciertas condiciones especiales pueden existir divergencias entre los resultados de las elecciones y lo reflejado por encuestas días antes de una elección. La principal razón es que las encuestas son, por decirlo de alguna manera, fotos instantáneas tomadas en un momento específico.  Reflejan lo que está ocurriendo y no lo que va a suceder. Cuando existe mucho “ruido” alrededor del proceso, sean rumores, noticias encontradas, entre otras, las lecturas puede que no sean tan correctas. Por ejemplo, en España, tras el acto terrorista de la estación de tren Atocha en mayo del año 2004, se produjo una radical alteración en la voluble opinión pública española tan solo tres días antes de la elección. El ex primer ministro José Luis Zapatero resultó sorpresivamente electo cuando los estudios de opinión sugerían una nueva victoria del entonces primer ministro José María Aznar. Ningún estudio de opinión podría haber previsto tal cambio.

Un país donde con frecuencia se cuestiona el rol de las encuestadoras es Venezuela. Curiosamente, sus elecciones son las más auditadas del mundo, los resultados son ratificados por observadores pertenecientes a organismos internacionales de la talla del Centro Carter, Unión Europea y Organización de Estados Americanos; y además, los resultados que se han venido sucediendo desde el 2004 concuerdan con lo reflejado por encuestas de demostrado prestigio.

La siguiente gráfica da cuenta de la estrecha relación entre las preferencias reflejadas en los estudios de opinión, y lo reflejado en los resultados oficiales del Referéndum Presidencial del año 2004.

Como se aprecia, las más importantes encuestas mostraban una probable victoria para la opción del NO. Sin embargo, a pesar de toda esta evidencia, las múltiples auditorías realizadas, y el reconocimiento de los observadores internacionales de los resultados oficiales anunciados, sectores de la oposición denunciaron un supuesto fraude y desconocieron los resultados.  La actitud de estos sectores y el eco que encontraron en ciertos medios, ha promovido un falso debate que se mantiene hasta el día de hoy sobre  la validez de las encuestas.

En el marco de las próximas elecciones presidenciales, la historia parece repetirse. Los candidatos ofrecen discursos, los organismos institucionales llaman a la calma y a la participación, los medios toman posición, y algunos opinadores de oficio, hacen de las encuestadoras blanco de sus despiadados ataques. Se hace necesaria una mayor sensatez por parte de las élites políticas para acabar con este ritornelo.

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