2020, un año atípico hasta en lo electoral


La pandemia global por COVID-19 impactó la forma de vida en todo el planeta. Cientos de procesos y dinámicas cotidianas debieron ser suspendidas o en el mejor de los casos modificadas para preservar la salud de la mayoría, y el sector electoral no fue la excepción.

En retrospectiva, la cuarentena por el coronavirus obligó a numerosas naciones a reprogramar sus ciclos electorales, y en otros casos a instrumentar cambios que le permitieran salvaguardar los derechos políticos sin afectar la salud de los votantes. La Fundación Internacional para Sistemas Electorales (IFES) estima que se cumplieron más de 100 comicios este año, lo que permitió a más de 315 millones de personas acudir a las urnas.

Al hacer foco en lo más destacable de 2020 en materia comicial, prevalecen dos hechos: el primero es netamente técnico, referido al uso de la tecnología para adaptarse a la realidad que impuso la pandemia; y el segundo es plenamente político: abuso de poder. En 2020 vimos cómo algunos líderes políticos actuaron en contra de los pilares de la democracia y acorralaron a las instituciones y sistemas electorales para mantenerse en el poder.

Comencemos con lo técnico. El voto electrónico y el voto en línea se establecieron como las mejores alternativas para brindar garantías electorales en 2020. Casos como Brasil, algunos condados de Estados Unidos y Singapur, muestran como el uso de la tecnología electoral adaptada a las características del país o región optimiza el proceso de votación; y ofrece seguridad al voto, y alternativas para resguardar la salud de las personas.

Por ejemplo, Brasil cumplió elecciones municipales en noviembre pasado. Estuvieron habilitados para votar más de 147 millones de brasileros para elegir 5.569 cargos. El proceso se cumplió con voto electrónico y permitió probar los beneficios de la tecnología, ya que durante la elección se registraron 486.000 conexiones por segundo que intentaron revertir la totalización, pero la fortaleza del sistema detuvo estos ataques, así como el efecto de la falla que registró una súper computadora orientada a la recepción del escrutinio.

En Singapur, que también votó en plena pandemia el 10 de julio, se apoyaron en tecnologías para facilitar el proceso y proteger a los sufragantes. El organismo electoral empleó los cuadernos electrónicos “contactless”, que les permitió a los votantes escanear su NRIC (tarjetas de identidad) por sí mismos, sin necesidad de ceder o intercambiar documentos con otros. También se activó una herramienta digital para que las personas pudieran verificar en tiempo real el estatus de la fila en su mesa, para asistir al centro de votación en el horario más conveniente.

En el caso de Los Ángeles, en Estados Unidos, se utilizó un modelo de voto seguro para la salud y para el sufragio, al permitir a los electores preseleccionar candidatos en sus teléfonos inteligentes o tabletas, e ir al centro de votación solo a registrar la selecciones.

Estas tres experiencias representan formas evolucionadas de sufragio, al cumplir con los más altos estándares de transparencia y seguridad gracias a la tecnología, y a la par minimizar el intercambio de materiales y la aglomeración de personas para evitar la propagación del virus.

Con avances como estos se puede combatir a los gobiernos y líderes que intentar subvertir las leyes y los derechos, como sucedió en Venezuela y Estados Unidos en 2020.

En el país sudamericano, el gobierno dio al traste con el voto electrónico que usó desde 2004, y con el cual realizó al menos 14 elecciones prolijas y seguras, para imponer una tecnología, de la cual se desconoce cómo la contrató, quién fabricó los equipos y el costo en el que incurrió. Los resultados fueron cuestionados por numerosos países, observadores independientes y organismos multilaterales, por carecer de legalidad y legitimidad.

A su vez en Estados Unidos, aun hoy, luego de varias semanas de las elecciones de noviembre, el mandatario saliente y derrotado Donald Trump, sigue maltratando la institucionalidad de esa nación, y su sistema electoral, al no aceptar los resultados y proclamar un fraude que ha sido descartado por las autoridades y los tribunales.

Pasado este año, Venezuela y Estados Unidos tendrán el desafío -de diferente forma- de mejorar sus procesos electorales, ya sea transparentando el sistema, modernizando algunas etapas o modificando el proceso de certificación del escrutinio para erradicar los resultados preliminares. Estudiando las experiencias exitosas de este año, se puede comenzar el trabajo de zanjar el daño hecho a la confianza del electorado en ambas naciones.

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